Sus sueldos oscilan entre nada y mil y poco euros. Cotizan a la Seguridad Social pero, durante un tiempo, no tienen derecho a paro. Son nuestros jóvenes investigadores, que suponen casi la mitad de la mano de obra en los centros, pero que carecen de muchos derechos. En vísperas del 9-M reclaman atención y soluciones. No quieren tener que salir de España para trabajar.
Ni estudiantes ni trabajadores
Invisibles, mal pagados; habitantes de una especie de limbo en el que no pueden recurrir ni al defensor del estudiante ni al del trabajador, porque no son ni una cosa ni la otra. Los investigadores en fase inicial (predoctorales) vuelven a la batalla de la mano de la Federación de Jóvenes Investigadores, en un período preelectoral en el que, una vez más, se sienten olvidados. El día 1 de marzo saldrán a la calle para reclamar dignidad para la carrera investigadora.
Saben que el Gobierno de Zapatero dio un paso adelante allá por 2005 con la creación del Estatuto del Profesional Investigador en Formación, incluido dentro del Programa Ingenio. Pero un paso inconcluso que no ha solucionado ni la mitad de los problemas que arrastra España en una de las materias más descuidadas, la I+D+i, de la que todavía nadie ha hablado a menos de un mes de las elecciones.
Ellos sí hablan. Lo hacen desde la Universidad; desde el despacho o el laboratorio en el que trabajan en unas condiciones que serían mejorables. Muy mejorables. «Se han eliminado algunos lastres», reconocen. «Pero aún queda mucho por hacer».
Demanda de nuevas reformas
Lo primero es que se defina de una vez por todas qué somos; que se cree una carrera investigadora y, sobre todo, que se nos reconozcan desde el principio los mismos derechos que a cualquier trabajador. «No se nos puede decir que cotizamos a la Seguridad Social pero que no tenemos paro. ¿Qué clase de broma es esa? La ley de la Ciencia data de 1986 y ya es hora de que la revisen. Al menos, eso pensamos", farfullan Claudia, Asier y Jesús en un laboratorio del Centro de Investigaciones Biológicas (CIB).
España invierte un 1,2 por ciento del PIB en Investigación y Desarrollo. «Craso error. Poco, muy poco», dicen. Y los datos los avalan: el 50 por ciento del crecimiento de un país se debe a su potencial investigador, según afirman analistas económicos. No obstante, muchos de los «precarios» creen que nuestro país estira bien el dinero que invierte en investigación.
¿Cómo? Claudia, mileurista declarada desde hace un par de años y dedicada a investigar a niveles básicos sobre nuevos antibióticos, tiene una respuesta: «Esto es como decir que el sector de la construcción funciona en España. Muchos de los que trabajan en ella son sin papeles, pero funciona. En la investigación ocurre más o menos lo mismo: la mitad de la gente que trabaja en los centros no está reconocida en ningún sitio: son becarios asociados a proyecto, están en unas condiciones híbridas ; no aparecen registrados en ningún lugar. Así sí parece que haya una buena gestión de los recursos. Si el trabajo te lo hacen los invisibles, todo es mucho más barato e incluso gratis».
Para desahuciar esta situación debería haber una intervención directa del Estado, una mejora básica de las condiciones que todos y cada uno de los que pasan ahora por este trago tienen claras: creación de una carrera investigadora, eliminación de becas de postgrado, aumento presupuestario progresivo, blindaje de personal y cuidado de los recursos humanos, sistemas de evaluación rigurosos y anónimos para garantizar que no hay amiguismos a la hora de asignar determinados puestos. Sin todo ello, España es una cantera; un lugar en el que formar profesionales de los que el resto del mundo terminará aprovechándose. Sin más.
A la busqueda de mejores condiciones
Es un excelente campo de formación del que, irremediablemente y casi de manera oficial, los cerebros han de fugarse. Y no sólo lo saben ellos. También los políticos son conscientes. Asier, que está escribiendo su tesis e investiga el funcionamiento de las plaquetas, interviene: «Es paradójico escuchar que desde el mundo político se alienta a los jóvenes investigadores a quedarse en el país. Pero, ¿cómo? Si la fuga es casi oficial. Para acceder a determinados puestos te exigen haber pasado por otros países. Si no lo has hecho, no interesas, y eso está escrito en la letra pequeña de todos los contratos».
«Una vez que has pasado por EEUU, no es que no quieras volver, es que ves que allí te ofrecen el reconocimiento y la estabilidad que aquí no tienes. Entonces tienes que elegir entre venirte a un sitio en el que puedes liderar una investigación y cuando se acabe te quedas otra vez en el paro, o quedarte en un sitio en el que hay tejida una red estable de científicos e investigadores».
Esta es, precisamente, otra de las principales equivocaciones del sistema español: no hay una red de investigadores bien estructurada. «Aquí se nos educa para ser jefes de grupo; para ser líderes. En ningún momento se plantean crear un tejido. Para que algo funcione debe existir una estructura piramidal: uno puede ser líder, el resto ha de formar parte de otra escala. Deben perseguir la estabilización; deben crearse puestos intermedios».
Hay que viajar al extranjero
De ahí que luego los cerebros fugados no puedan volver: no hay hueco para ellos porque todos no pueden ser líderes. Entonces hacen fichajes galácticos, como si esto fuera el fútbol. Y con la misma heterogeneidad que en el fútbol, ya que otra de las principales armas que Zapatero ha dado a este colectivo es que prometió una homogeneización de condiciones que jamás llegó: «Aquí todo sigue igual; no hay nada establecido. Depende de dónde caigas así te irá. Tus condiciones laborales y de salario son variables y a veces van en función de tu don de gentes. Hay becas de hasta 400 euros en la Autónoma, aunque lo normal es que estemos dentro del colectivo mileurista», narran.
Jesús, el tercero en discordia, que la pasada semana leía su tesis y que llevaba sin trabajar desde diciembre, ha vivido en primera persona el «no eres apto para el puesto» por no haber pasado por un país del extranjero y también ha sufrido el trabajo casi gratuito. «Me pagaban casi a escondidas porque le caía bien al jefe, si no, me hubiera tirado unos años más de mi vida viviendo de la caridad de mis padres o alternando con trabajos que nada tuvieran que ver con esto. La verdad es que para eso no hay tiempo». Cree que lo que hace España es equívoco: «Se dedican a formar. Invierten un montón de dinero en una persona para que luego se vaya porque el propio sistema es incapaz de absorberla y recolocarla».
Fin de la investigación, fin del trabajo
Están totalmente confundidos: es una pérdida de dinero. Primero le dan acceso a la formación de primer nivel; luego la dejan liderar una investigación y conducir a un equipo; finalmente, y cuando esa persona está en lo más alto, todo se evapora. ¿Por qué? Porque no le salga otro proyecto que tenga la financiación es complicado y el Estado no es capaz de hacer nada para recolocar a los centenares de personas que se hallan en situaciones de este tipo. De hecho, la gente que busca estabilidad porque quiere tener una vida, no tiene más remedio que marcharse. «Si no se planta con 40 años, hijos y en el paro, a pesar de haberse tirado estudiando, y seguir haciéndolo, hasta los 35 años».
Tras estas reflexiones es lógico que vean su futuro fuera, en alguno de esos países donde la inversión pública es casi el 3 por ciento del PIB y la privada alcanza el 66. No como aquí, que no llega ni al 50 por ciento. Es comprensible que usen todas sus armas para reclamar mejoras. El próximo día uno, saldrán a la calle para exigirlas.
En primera persona
Gonzalo, Pavel y Álvaro tienen claro que hay que mejorar cosas. Muchas cosas. Ellos, tras terminar la ingeniería de Caminos, se decantaron por seguir y ahora se dan cuenta de que la opción es la que querían pero que se trata de la menos buena de todas.
Piensan que ésta es una de las primeras cosas que hay que eliminar: no por decidirte por la carrera investigadora, no por quedarte en la Universidad para hacer una tesis, has de tener menos oportunidades que el resto. Eso por no hablar de que las condiciones laborales son completamente diferentes para los que deciden salir en dirección a la constructora o la consultoría.
Gonzalo afirma que «los ingenieros de Caminos que salen sin experiencia y se van a trabajar a una consultoría o a una constructora ganan alrededor de 30.000 euros. Nosotros, por tener vocación, por querer seguir aquí, nos tenemos que conformar con 13.000. No obstante, lo principal es que se nos reconozcan los mismos derechos que a un trabajador. Es más cuestión de dignidad que de dinero. Sólo exigimos que se reconozca lo que hacemos. Sin más. Tampoco es tan complicado. Por eso el día 1 nos desnudaremos para reclamar una serie de derechos».