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Las aventuras de una astrónoma de soporte

11/12/2009 Charo Villamariz

A punto de finalizar el Año Internacional de la Astronomía, la colegiada Charo Villamariz nos relata desde su experiencia cómo es la vida de un astrónomo en este artículo publicado recientemente en el especial de El País Digital dedicado al evento. Tras su doctorado en Astrofísica, Charo fue investigadora del Instituto de Astrofísica de Canarias y trabajó durante tres años como astrónoma de soporte en el Observatorio del Roque de Los Muchachos, en la Isla de La Palma. Actualmente continúa su carrera como científica realizando el Máster en Física Teórica de la Universidad Autónoma de Madrid.

Ya empezamos mal con el nombre, astrónoma de soporte, del inglés, support astronomer, que no es el astrónomo que soporta, sino el que da apoyo. Deberíamos en español llamarnos astrónomos de apoyo. Pero bueno, sutilezas lingüísticas aparte, ¿qué es un astrónomo de soporte? Pues ni más ni menos que las personas que operan los telescopios. La cosa funciona de la siguiente manera: un astrofísico necesita tomar ciertos datos para llevar a cabo su investigación. Igual que los bioquímicos en sus laboratorios o los físicos de partículas en sus aceleradores, los astrofísicos toman sus datos en los telescopios.


Aunque la comunidad astrofísica mundial no es muy numerosa, se pueden contar unos pocos miles de astrofísicos profesionales en el mundo (unos centenares en España), el número de telescopios punteros, competitivos, no es muy grande. Así que hay mucha demanda.


Un investigador procede a presentar una propuesta de observación en la que pide el tiempo de telescopio que necesita y justifica por qué, así como los resultados científicos que va a poder obtener con ello. Compite con otras muchas propuestas, y puede o no obtener el tiempo de observación solicitado. Así que cada minuto de observación de los grandes telescopios es muy preciado, muy preciado por la comunidad astrofísica por lo que cuesta conseguirlo, y muy valioso en sí mismo por lo vasto del objetivo.

 


De lo que vive el astrofísico


Imagínense, sólo en nuestra galaxia se estima que viven cientos de miles de millones de estrellas. Pero nuestra galaxia es sólo una, una entre quizá cientos de billones de galaxias en todo el universo. Si todavía no se han mareado con los números, traten ahora de multiplicarlos y además consideren que no sólo de estrellas y galaxias vive el astrofísico, no, también nos interesan los planetas, las nubes moleculares, las enanas marrones, el medio interestelar, la materia oscura, los agujeros negros, las lentes gravitatorias... vamos, que el objetivo de la Astrofísica es inmenso, conocer lo que hay ahí fuera es tarea inconmensurable y se hace gotita a gotita cada noche de observación.


Así que vean ustedes hasta qué punto el trabajo del astrónomo de soporte puede ser estresante. Cada minuto perdido puede provocar no solo la cólera del investigador que lo posee, sino que el avance de la Astrofísica se retrase.


Cuando las condiciones meteorológicas no permiten abrir el telescopio, porque llueve o nieva o hay algún problema técnico del que el astrónomo de soporte no es responsable (las cuestiones más técnicas de los telescopios están siempre en manos de los ingenieros y los técnicos) uno puede irse tranquilo a la cama a pesar de que esos preciados minutos se hayan perdido. Pero cuando uno no termina de ganarle la batalla al sueño o a la altura o a la sequedad del ambiente, y el cerebro comienza a ralentizarse y a cometer errores, la tensión está servida.

 


Ideales para telescopios pero inhóspitas


Porque claro, las montañas altas y secas, sobre todo en islas planas, son ideales para albergar telescopios, pero bastante inhóspitas para vivir en ellas. Cuanto más alto coloques el telescopio menos atmósfera tiene que atravesar la luz hasta llegar a él, y menos luz se pierde en el camino. Así que pocos telescopios se sitúan por debajo de los 1.800-2.000 m de altitud. A esas alturas la cantidad de oxígeno en el aire es considerablemente menor, el nivel de humedad es habitualmente muy bajo, con la consiguiente incomodidad para las vías respiratorias y la piel, y el cerebro, tan complejo y tan sensible, no funciona igual.


Es cierto que cuando te toca trabajar más de dos o tres días seguidos en estas condiciones notas como te vas aclimatando, el rendimiento mejora y la incomodidad va desapareciendo. Pero la primera noche es mortal.


Uno viene de su despacho o de su casa, donde lleva unos días o con suerte unas semanas, haciendo vida diurna normal, despierto de día y dormido de noche. Así que a eso de la una o las dos de la madrugada el cuerpo se extraña no solo de no estar durmiendo, sino de encima estar trabajando, y te manda señalas que dicen: ¿pero qué haces? anda, vámonos a dormir... y tú le respondes: hoy no podemos ¿recuerdas? tenemos noche de servicio y tenemos que pasarla trabajando.

 

 

El segundo bajón


Así es, la noche entera trabajando. El segundo bajón viene a eso de las cinco; a esa hora el cerebro ya solo puede llevar a cabo tareas mecánicas, está cansado y sólo da para mínimos, y el cuerpo, más cansado todavía, comienza a tener ese frío intenso que cala hasta los huesos ... Este segundo bajón tarda un poco más en irse. Y para cuando sale el sol y terminas de trabajar apenas tienes ganas de bajarte a la residencia a desayunar y meterte en la cama para descansar y rendir la noche siguiente.


Lo que a uno realmente le apetece es celebrar la pelea ganada a la rutina, el trabajo bien hecho a pesar de las dificultades y, sobre todo, disfrutar de la extraordinaria belleza de los amaneceres desde estas privilegiadas aunque inhóspitas atalayas del universo.


Charo Villamariz



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